En una casa grande y antigua, localizada en el barrio San Cristóbal de Medellín, creció la más grande leyenda del atletismo criollo, Álvaro Mejía.

En 1948, Medellín era una ciudad de grandes cafés, tertulias, vida bohemia y toques de queda. Álvaro tenía ocho años, y junto con un nutrido grupo de primos, 20 en total, hacía de las suyas en la cuadra. Enrique era el bobo del barrio, y no por eso se escapaba de las pilatunas de Álvaro, el mayor de los hijos de Alfonso Mejía y Emma Flórez.

Con los pies descalzos, los Mejía recorrían las colinas de aquella montañera ciudad, cuando no montaban en bicicleta o jugaban a las escondidas en un árbol de mango, que yacía sembrado en el solar de la casa.

La abuela vivía al lado, por eso, todas las tardes, y luego de terminar las labores domésticas, las tías de Mejía se daban cita allí para jugar parqués, y en las noches escuchar las radionovelas.

Los Mejía eran una familia de clase media. Alfonso Mejía se desempeñaba como obrero en Cementos Argos, y Emma de Mejía se había dedicado por completo a la crianza de sus siete hijos.

En 1951 se acabó el trabajo en la cementera y los días en Medellín. Don Alfonso siempre creyó que su medallo del alma no era una ciudad para criar hijos, y por eso arrancó para Bogotá.

De Medellín a Bogotá

Para los Mejía fue muy duro dejar su terruño y venir a buscar suerte en una ciudad en donde eran extraños, y en una época de muy marcados regionalismos. Por aquellos años, la Vuelta a Colombia se vivía con gran entusiasmo en todo el país. Cachacos y paisas no se podían ver. Cada vez que la vuelta llegaba a la capital, y el antioqueño Ramón Hoyos entraba punteando, los carros de la policía lo escoltaban del ataque de los cachacos, que con palos y varillas salían a darles la bienvenida. Pero no sólo era acá. Si el Indomable Zipa entraba primero a la tierra de los paisas, corría con la misma suerte. Bogotá resultaba una ciudad fría para los Mejía, tanto así que Álvaro amenazó a su mamá con matar al hermano que naciera en la capital.

Álvaro Mejía en San Silvestre 1966
Álvaro Mejía en San Silvestre 1966

Don Alfonso llevó su familia al barrio Ricaurte, en donde hacía algunos años había montado la fábrica de aluminios Indal, en la que se elaboraban ollas, olletas y platones.

Cinco años después, en 1956, y con las utilidades de la fábrica, los Mejía compraron casa, pues hasta entonces habían vivido en condición de inquilinos.

En la casa paterna, ubicada en la Ciudad Universitaria, terminaron de formarse. Álvaro adelantaba estudios de bachillerato en el colegio Santo Tomás de Aquino (hoy, la universidad del mismo nombre), plantel en donde se destacaba como el mejor de la clase. Pero los hijos menores de don Alfonso, habían crecido y cada vez era más difícil pagar los colegios. A Álvaro le gustaba demasiado el estudio, y con la idea de no frustrar su colegio, optó por el camino de las armas y se incorporó a la Escuela Militar de Cadetes, en donde se le garantizaba al joven, el estudio gratis, a cambio del servicio a la patria.

A Álvaro siempre la había gustado correr. Desde niño correteaba la montañosa región natal con un aro y un palo, pero el atletismo nunca le llamó la atención, pues lo que verdaderamente le gustaba era el ciclismo. Y fue en este deporte en el cual consiguió sus primeras conquistas, con una bicicleta que su papá le compró.

Seis meses de vida militar habían transcurrido, cuando se organizaron los primeros Juegos Interescuelas de Cadetes, evento en el que Álvaro correría la prueba de ciclismo.

Muere su padre

Y estando en la escuela militar, en noviembre de 1957, murió don Alfonso, víctima de un derrame cerebral, mientras conducía un pedido de aluminios al municipio de La Dorada.

Tres días después. Álvaro se retiró del ejército, pero quedó comprometido para competir, en diciembre, en los Juegos Interescuelas. Desde entonces, y como hermano mayor, asumió el control de la familia. Era tan sólo un joven de 17 años, que debió madurar a palo. En una sola semana cambió el uniforme militar por un overol, y se puso al frente de la fábrica de aluminio. Su experiencia era mínima, pues a lo único que iban los Mejía cuando niños a la fábrica, era a jugar.

Álvaro tuvo que dejar los cuadernos y los libros, para sumergirse en largas y agotadoras jornadas de trabajo. El Álvaro montañero y alegre se volvió reconcentrado e introvertido.

Las condiciones del comercio también cambiaron. La Reynolds, a la que le compraban el aluminio, no les dio más crédito, y la empresa empezó a decaer.

Apareció entonces la fiesta del deporte militar, los Juegos Interescuelas, en los que Mejía era favorito para la medalla de oro en las pruebas de ciclismo. El día de la competencia, sin embargo, su bicicleta se dañó y no pudo participar. Sin ninguna otra posibilidad se inscribió en la prueba de 1.500 metros planos, y se quedó con la medalla dorada. Desde entonces colgó la bicicleta y nunca más se quitó las zapatillas, con las que escribiría años más tarde, páginas gloriosas del atletismo nacional, en importantes pistas y calles del mundo.

Álvaro Mejía quiso continuar sus estudios, y por eso ingresó en la escuela nocturna, pero el ritmo del trabajo lo hizo abandonar la idea. Nunca se apartó del deporte. Luego del trabajo, sin falta entrenaba, como tratando de escapar de la presión de todas sus responsabilidades.

Un solitario de las carreteras

Mejía siempre fue un solitario de las carreteras. En su vida nunca hubo un entrenador. Eso le impidió ser campeón olímpico. Sus entrenamientos eran largos, agotadores y demasiado acelerados. A los Olímpicos de México llegó sobresaturado y perdió toda opción.

Luego de esos Juegos de 1968, Mejía viajó con Terri Stickel, medallista olímpica de natación en dichos juegos, a quien había conocido hacía poco tiempo en Cali, y de quien se había enamorado. Se casaron en Estados Unidos y regresaron a Colombia en luna de miel, vía terrestre, en una camioneta modelo 56, viaje que duró dos meses.

Los recién casados permanecieron medio año en Bogotá, pero las escasas oportunidades de trabajo los hicieron retornar en su Ford a Estados Unidos.

Antes de partir, Mejía aseguró el futuro de sus dos hermanos menores, quienes permanecían en la casa paterna de la Ciudad Universitaria. Como definitivamente la fábrica no se pudo sostener más y quebró, porque crecieron sus competencias, Imusa y Fanal, Álvaro la vendió para pagar el colegio de los dos menores.

Álvaro Mejía
Álvaro Mejía

Retornó a Estados Unidos en 1969, pero por falta de fondos no pudo llevar sus trofeos. Por eso los repartió entre su familia. Desde el puerto de Buenaventura envió por barco un pequeño trasteo, en el cual se encontraban sus medallas. Al llegar a Estados Unidos sólo halló la ropa. Las medallas que hablaban de sus hazañas se esfumaron en el mar, y nadie respondió por ellas.

Al regreso a Estados Unidos, los días fueron duros. El primer día en el país de los gringos, Mejía pasó la noche en el carro casa, bajo el cielo azul de San Diego. Días después, y mientras conseguían en dónde vivir, Mejía y su esposa se instalaron en casa de los suegros, en San Mateo.

Cerca de allí Mejía, como buen montañero, se enamoró del calor del pueblo de Rew City, en donde alquiló por 70 dólares, un modesto apartamento. Esa misma semana, y por recomendación de un amigo de sus suegros, se empleó en la fábrica de aluminio Duravent, con un salario de tres centavos de dólar cada hora de trabajo. La fábrica, de propiedad de un par de emigrantes rusos, reunía obreros latinos, que ponchaban la tarjeta a las siete de la mañana, y se iban a las tres de la tarde. Sin embargo, con el ánimo de ahorrar unos dólares de más, algunos obreros, entre ellos Mejía, laboraban tres horas extras y salían a las seis.

En 1995, Álvaro Mejía Flórez se separó de su esposa y regresó a Colombia, para vivir desde entonces en un apartamento del Park Wey, de Bogotá, dedicado a dirigir a tres generaciones de atletas, que mencionamos en otra nota en esta misma edición, y a trotar todos los días, hasta que las fuerzas fueron flaqueando.

En esos años recibió importantes homenajes, como el Premio Altius a la Vida y obra, entregado por el Comité Olímpico Colombiano, y la máxima distinción de la Federación Colombiana de Atletismo. Además fue invitado a los más importantes acontecimientos del deporte nacional, como los Juegos Bolivarianos Santa Marta 2017, en los cuales portó la antorcha, y los Centroamericanos y del Caribe Barranquilla 2018.

Desde finales del año 2020, Álvaro Mejía empezó a padecer de un cáncer de próstata, que le produjo su muerte el 12 de enero de 2021.